Mi padre fue un señorito mestizo de español.
Era muy sociable, cálido, educado, para nada fanfarrón, mantenía un bajo perfil.
Era vividor. Amaba las mujeres pero no las trató muy bien tampoco. Era paliquero.
Me amaba a mí. Admiraba mi buen inglés.
Hablaba español pero nunca en casa, solo con aquellos amigos, mestizos como él.
Me acuerdo mucho de ese hombre en el centro, alto, moreno, muy atractivo.
Todos los hombres que trabajan en la Cervecería San Miguel, en el edificio antiguo cerca de Malacañán, eran buenmozos, mestizos de español muchos de ellos. Filipinos de otra época.
Mi papá peleó contra los japoneses como guerrillero, porque su tío Ángel era un líder y lo salvó a él y a su medio hermano Críspulo, de ser asesinados por los guerrilleros filipinos hijos de puta.
Mi papá no era cobarde. Tenía principios. Nunca lo observé mentirle a nadie.
Perdió a su papá cuando él tenía 19 años y su padre, 49.
Yo también lo perdí cuando él tenía 49 años y yo, por cumplir 20. Le dio un tercer infarto, cuando viajaba a San Francisco, California para reunirse con nosotros. Colapsó en la fila de la inmigración en Honolulu, Hawái.
Menos mal, alguien lo reconoció y pudieron llamar a mi mamá en San Francisco.




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